Opinión

Eufemismos y disfemismos

De entre todas las figuras retóricas existentes, que no son pocas, seguramente la más utilizada es el eufemismo. El eufemismo no es más que una mentira piadosa, un pequeño parapeto tras el que nos escondemos cuando no queremos expresarnos con franqueza, o cuando queremos hacerlo pero intentado no ofender o lastimar a nuestro interlocutor, de ahí que prefiramos decir que alguien “nos ha dejado” cuando en realidad lo que ha ocurrido es que ha muerto, o que a algunas personas les guste más decir que alguien está “rellenito” en lugar de obeso o, sencillamente, gordo.

En oposición a esta figura retórica tendríamos el disfemismo, un tipo de expresión que, aunque menos conocida por su apelativo, también es de un uso bastante común. El disfemismo es una expresión mucho más gamberra, puesto que lo que hace es precisamente burlarse de aquello que los eufemismos pretenden suavizar o disimular: “estirar la pata” por morirse, “cagarse encima” por tener miedo o “tener más cara que espalda” por ser un sinvergüenza.

Ambas figuras son tan comunes y están tan extendidas, que en muchas ocasiones las utilizamos de forma inconsciente, sin saber que realmente lo estamos haciendo. Yo mismo mentiría si dijera que no hago uso de estos recursos en múltiples ocasiones, pero como todo en la vida, hay gustos y colores, y modestamente tengo que reconocer que entre eufemismos y disfemismos, prefiero quedarme con los segundos, aún a sabiendas de que, mal utilizados, pueden llegar a molestar, y mucho, a quien los escucha.

Efectivamente, no me gustan los eufemismos por muchos motivos. El principal es que no me gusta que me tomen por tonto: si eres mi médico y tienes que decirme que debo adelgazar para evitar consecuencias negativas sobre mi salud, prefiero que me llames obeso a que digas que “estoy demasiado grande/fuerte” que son expresiones que pueden llevar a engaño. Por otro lado, llevo francamente mal la cursilería  (“dar a luz” por parir: ¿a quién se le ocurriría semejante estupidez?) y los prejuicios (embarazo por preñez: ¿Por qué diablos tiene que ser embarazoso para una mujer estar gestando a su hijo?) que se esconden detrás de la mal llamada “corrección política”

Y precisamente al terreno de esto último, el de la corrección política (o política a secas) es al que quisiera llevar mi reflexión, porque si algo caracteriza a los políticos en general, y a los españoles en particular, es el uso indiscriminado del eufemismo (y también del disfemismo). Vean, si no, unos cuantos ejemplos que me vienen a la cabeza:

Allá por el año 2008, justo cuando le estalló en plena cara esta maldita crisis que parece que no se va a acabar nunca al señor Rodríguez Zapatero, a éste no se le ocurrió mejor manera de definir a la mala situación económica como “Desaceleración Transitoria” ahí es nada. Parecía que, evitando pronunciar la palabra maldita, nuestro presidente conseguiría que el mal fario pasara de puntillas por delante de nuestra puerta sin llegar a llamar al timbre. No deja de ser curioso comprobar que, por mucho tiempo que pase, los humanos seguimos otorgando poderes mágicos al lenguaje, como si el hecho de pronunciar una palabra determinada pudiera desencadenar todo tipo de desdichas sobre el que la pronuncia o el que tiene la desgracia de llegar a oírla.

De eso debían saber bastante los señores de la entonces oposición, puesto que, de una manera más o menos velada, parecieron tratar de culpar de todo al presidente del gobierno por no haber llamado crisis a la crisis desde el primer momento en que a esta se le empezaron a ver las orejas. El hecho de que, llamando o no llamando crisis a la crisis, el Sr. Zapatero cumpliera a rajatabla los mandatos de la Troika (esos mismos mandatos que más adelante aplicaron ellos con idénticos resultados) no parece que fuera especialmente relevante. Es obvio que, llames como llames a la situación económica de tu país, si lo que haces es aplicar unas medidas absurdas para resolverla, esta situación no se resolverá, salvo que creas en la magia de las palabras…

Y es obvio que en el Partido Popular tienen una fe ciega en las palabras. En las palabras está la esencia divina (“En el principio existía el verbo”, reza la Biblia) y por eso precisamente, cuando el PSOE decidió legalizar los matrimonios entre personas del mismo sexo, pusieron el grito en el cielo. No porque sus prejuicios morales les impidieran transigir con la idea de que dos hombres o dos mujeres pudieran casarse, sino por el hecho de que “estaban llamando matrimonio a algo que no lo era”. ¡Su lucha era una lucha por la pureza de la lengua castellana y no lo supimos entender! Cuando llenaron la plaza de Colón en Madrid de curas y monjas en pie de guerra, lo hicieron por motivos puramente lingüísticos, y nosotros, la Desnortada Progresía, solo supimos ver un intento más de imponer su código moral al resto de la población.

Así que, si en lugar de llamarlo matrimonio, lo hubiéramos llamado “unión” “arrejuntamiento legal transitorio sin compromiso de permanencia” o cualquier otro tipo de giliflautez bellamente eufemística y políticamente correctísima, aquí nadie hubiera dicho ni mu, y en la Catedral de la Almudena el Cardenal Rouco Varela hubiera oficiado misa sin pronunciar la más mínima queja.

O al menos, eso es lo que pretendían hacernos creer.

Y en esa línea maravillosamente imaginativa, digna del más fino surrealismo de Kafka, los Hermanos Marx o los Monty Python, el Sr. “Hilillos de Plastilina” Rajoy y compañía, llevan años y años regalándonos los oídos. Veamos: para el Sr. Aznar, ETA era el “Movimiento de Liberación Vasco”. Sin embargo, para sus sucesores en el gobierno, Podemos, la PAH o cualquier cosa que huela a izquierdosa, es más ETA que ETA, puesto que ETA es un grupo terrorista para todos menos para los que lo consideran un Movimiento de Liberación (o sea, el PP).

Esto es lo que sucede cuando, en base a intereses políticos, utilizas el espantoso eufemismo del “movimiento de liberación” para hablar de terroristas y el no menos espantoso disfemismo del terrorista o proetarra para referirte a cualquiera que no esté de acuerdo con tu forma de actuar o de pensar.

En otro orden de cosas, el gobierno acaba de aprobar la Prisión Permanente Revisable. ¿Y en qué consiste esto? Pues básicamente, en que se podrá meter en la cárcel a determinados criminales hasta que se pudran en ella. ¿No sería mucho más corto, eficaz, y sobre todo veraz utilizar la expresión “Cadena Perpetua”? Por supuesto que sí, pero es que la cadena perpetua es anticonstitucional en España, así que quizás insultando a la inteligencia de las personas con un bonito eufemismo, podrán soslayar este contratiempo y hacer lo que se les cante.

Y como no quiero aburrir al lector, no voy seguir con el listado de “pagos en B” “Tarjetas opacas” “indemnizaciones en diferido” “sobresueldos” “leyes de seguridad ciudadana” o de “ese señor del que usted me habla”.

No voy a seguir, porque creo que ya estamos todos bastante hartos de que nos intenten engañar como a críos, poniendo palabras bonitas a conceptos feos y palabras feas a quien nos pone en aprietos  con preguntas incómodas y acusaciones difíciles de esquivar.

En Ganemos Pinto, no somos muy amigos del eufemismo ni del disfemismo. Nos gusta llamar a las cosas por su nombre, ni más ni menos. Por eso, cuando nos hablan de crisis, nosotros la  llamamos estafa, y a los corruptos, preferimos llamarlos, simple y llanamente, ladrones. Los que ponen la mano en el fuego por los corruptos no son otra cosa que sus cómplices, los que escamotean las Leyes de Memoria Histórica, son antidemocráticos en el mejor de los casos, y, casi con toda seguridad, franquistas. La actual Ley de Seguridad Ciudadana es un atentado contra la Democracia, y los responsables de aplicarla, unos fascistas de tomo y lomo que han conseguido que la policía, en lugar de “proteger” se dedique a “reprimir” como cuando vivía Francisco Franco.

Y como solemos llamar al pan pan y al vino vino, sabemos que, en la situación política actual, un “pacto para asegurar la gobernabilidad y la estabilidad” sólo podría calificarse como traición, a nosotros mismos y a quienes nos hayan votado.

Por eso, sin eufemismos que valgan, Ganemos Pinto sólo gobernará si gana las elecciones. Ni más, ni menos.

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Militante de Equo e integrante de la lista Ganemos Pinto para las elecciones municipales

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