Opinión

Je suis Gaia

“Hemos esclavizado y maltratado tanto al resto de la creación que, si pudieran formular una religión, sin lugar a dudas representarían al diablo con nuestra forma.”
William Ralph Inge
(1860-1954) (teólogo británico)

Tengo en mis manos un pequeño libro titulado: “50 cosas sencillas que TU puedes hacer para salvar la TIERRA”, su primera edición en español es ni más ni menos que del año 1992, ya ha pasado tiempo. Curiosamente la mayor parte de esos 50 consejos siguen siendo eso, simples consejos, porque muy poca gente los lleva a cabo. Pero en algo si hemos avanzado, y es que en esa época la involucración de los organismos públicos era prácticamente nula, ahora no es que sea para tirar cohetes, pero hay una serie de mecanismos; se ha regulado el reciclaje, existen empresas especializadas, ingenieros involucrados en proyectos de sostenibilidad, estudios que aúnan ecología y economía (entonces eran como agua y aceite) etc. Incluso las cumbres sobre el clima ocupan las portadas de los medios.

El título del libro es muy ingenuo, hoy el concepto de ecología ha evolucionado y se ha vuelto mucho más pragmático y me parece bien. No veo por qué algo que determina nuestra salud y la existencia de toda la vida que nos rodea tiene que estar sustentado en conceptos filosóficos o metafísicos, esto lleva a errores de concepto tan falsos y extendidos como el que se desprende del ese título: “Tu puedes … Salvar la Tierra”. Entiendo (o no) que la intención es hacer un metáfora, ¿acaso la tierra depende de nosotros?, llevamos el gen de la prepotencia bien incrustado en nuestro ADN. Nos hemos considerado el centro del Universo, de la Galaxia, del Sistema Solar…. y como ya no somos el centro de nada, ahora pensamos que la Tierra está en nuestras manos. Para la Tierra, en su escala de tiempo, nosotros significamos muy poco, solo somos como un ligero resfriado, o una molesta jaqueca. Lo que realmente estamos destruyendo es “solo” buena parte de la vida, entre la que se encuentra, a ver si nos enteramos ya, nuestra propia especie. Cuando esté a punto de extinguirse el ser humano, los últimos por fin comprenderán, mientras contemplan la Torre Eiffel llena de enredaderas y maleza, que no éramos nada. Entonces el resto de vida, aquella que todavía no hayamos aniquilado se abrirá paso, sin prisa, sin pausa y sin memoria. La única esperanza de que nos recuerden será que nuestros “hijos”, las máquinas, hayan madurado lo suficiente como para sobrevivirnos.

Después de este pasaje tan “Blade Runner” vuelvo al presente para decir que espero muy poco de la cumbre de París, porque no veo capacitada a esa gente, ni a la mayoría de los que nos manejan y lo que es peor, tampoco a la humanidad en su conjunto. No solo volvemos a elegir en las urnas a los que nos roban, tampoco parece que nos importe que no cuiden el agua que bebemos ni el aire que respiramos. Por otro lado, hay miles de millones de personas a las que hay que convencer de que su aumento de nivel de vida no es adecuado en los términos actuales, más otros pocos, (muy pocos pero muy poderosos), a los que hay que convencer para que abandonen su propia esencia, basada en acaparar al máximo el poder y el dinero. Otro escollo, a mi modo de ver, son las creencias religiosas, que crean de la nada una solución a estos males y a todos los demás,( no importará demasiado este de mundo cuando solo es un lugar de paso). Atendiendo a estas razones y unas cuantas más, opino que hay que ser un ingenuo para no darse cuenta de que en el mejor de los casos solo conseguiremos atenuar levemente los efectos del cambio climático. Es como frenar un tren a toda velocidad a pocos metros del muro.

Cuando he mencionado antes la extinción de la raza humana solo era para ilustrar nuestra escasa importancia en términos cósmicos, y es que nuestra acción no nos conduce a la extinción, por lo menos a corto o medio plazo, aunque esto no debería de ser un consuelo ya que nos enfrentamos es a un claro deterioro de la economía global, de nuestra calidad de vida y sobre todo de nuestra salud.

Menos mal que hay otro gen que también llevamos bien incrustado en nuestro ADN, ese que nos hace sentir que mientras hay vida hay esperanza, y que hace que dudemos más de nuestros pensamientos negativos que de los positivos, por muy claros que aparenten ser los primeros. Por eso debemos estar atentos a lo que suceda en esta cumbre, y no perdonar a los que solo van allí a pasar el trámite en sus hoteles y banquetes poco sostenibles, hay que exigir que cumplan los tratados y que sean conscientes de que su misión no es salvar la Tierra, que se conformen con proteger a su propia especie.

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Javier Fernández Rojo

Javier Fernández Rojo

A pesar de mis filiaciones políticas pretendo ser un ciudadano librepensador. Militante de Equo Pinto y Ganemos Pinto.

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