Opinión

Jornada de reflexión

“Hacer uso de la jornada de reflexión es lo mismo que estudiar solo la noche anterior al examen”.

“Para intentar comprender una realidad política o social hay que ignorar las apariencias, es mejor analizar las causas y quien las propicia y sus consecuencias y a quién benefician”.

¿Qué preguntas hay que hacerse el día anterior a la jornada electoral?¿Acaso previamente no se ha reflexionado?¿Es posible, en pocas horas sacar conclusiones sobre algo que, normalmente conlleva un análisis de meses o incluso años? Es una frivolidad dejarse condicionar por debates, mítines y campañas publicitarias, como también lo es alabar o demonizar a una sola persona, al líder. Estoy cansado de escuchar: “pues fulanito o fulanita si me gusta” cuando quienes lo dicen han estado criticando la actitud de ese partido durante meses y además parece que están contentos, porque con ese nuevo candidato tan puro (e independiente) ya tienen la excusa perfecta para volver a votar a los suyos, a los mismos de siempre.

La reflexión puede beber de diferentes fuentes, pero una de las menos potables, o más bien tóxica, es la de los titulares de los grandes medios de comunicación, sobre todo de la televisión. La imagen que a través de ella nos llega es la de que vivimos un presente ajeno a la mayor parte de nuestro pasado, un modelo fácilmente asumible, donde los políticos y las élites luchan por una sociedad más equilibrada, y, aunque trabajen para ganarse la vida y ganársela bien, su sentido de la responsabilidad es lo suficientemente sólido para velar por el bien común. Nada que ver con esas épocas en las que los gobernantes eran unos forajidos o unos psicópatas.¡ Qué equivocados andan algunos…!

Nuestra percepción acerca del último y más moderno modelo de coche, es parecida a la que pudieron tener nuestros antepasados ante su último modelo tirado por caballos. Es decir, lo que cambia con los tiempos son las formas, no el trasfondo. Así, la sociedad apenas ha variado su estructura piramidal desde el principio de los tiempos, tampoco en nuestro llamado primer mundo. A nadie, hoy en día, se le ocurre pensar que los señores feudales del siglo XI tuvieran como principal fin la protección de los débiles y la defensa de los derechos humanos. La única razón para mantener una estructura social sólida y unos mínimos derechos garantizados para la plebe, era perpetuar ese sistema hecho a su medida.

Ahora gozamos de más libertades porque nuestro grado de exigencia ha crecido gracias a que somos muchos más los que accedemos a la información y a la cultura, la peligrosa cultura. Pero no olvidemos que nuestros derechos siguen siendo insuficientes, y que solo son respetados para no provocar males mayores, para que no nos sublevemos y hagamos temblar este sistema tan ventajista. En un futuro también se verá este momento histórico con mayor criterio que el actual.

También entonces, como hoy, había una serie de personas que creían que sus señores velaban por ellos y se preocupaban por mejorar sus condiciones de vida: asistían a bodas de aristócratas y a bautizos de princesas con una sonrisa inocente en sus caras y gritaban “¡guapo!”, “¡guapa!” (patético, pero tenemos cantidad de ejemplos actualmente). Estos eran los dóciles, los sumisos, figura que sigue abundando y que nos hace pagar el tributo a todos los demás. Son capaces de seguir votando a los mismos que ya han sido expuestos en público como sospechosos o directamente ladrones. Corderos que ayudan a hipotecar nuestro futuro aplaudiendo las acciones de algunas grandes corporaciones como si ellos mismos formaran parte de la junta de accionistas. Tienen miedo de perder sus pequeñas cosas si un día el “señor” les mira mal. Se inventan, pervierten y repiten palabras para definir a las personas que se atreven a protestar (antisistema, perroflautas, bolivarianos…), así el “señor” sabrá que están de su lado, no hay problema.

Espero que estas comparaciones no parezcan carentes de sentido, ya que es sorprendente el número de personas que en este país ostentan cargos muy importantes dentro de la política, la judicatura, el mundo de los negocios… y pertenecen a las grandes familias de la aristocracia, son las mismas familias que perpetúan su poder e influencia siglo tras siglo. Por supuesto que esa relación no la vamos a ver indicada ni en su puesto de trabajo ni en la papeleta electoral, pero esta ahí. Un ejemplo lo tenemos en la candidata a la alcaldía de la ciudad de Madrid, ni más, ni menos.

El sistema electoral español es una herramienta de poder destinada a impedir la disidencia, pues tiene una configuración que conduce al inmovilismo, es decir, los grupos e ideas nuevas lo tienen muy difícil, pues tanto logística como económicamente, los partidos ya establecidos tienen todas las facilidades con la excusa de que representan a los ciudadanos. Paradójicamente cuando los ciudadanos dejan de sentirse representados, el sistema sigue beneficiando a esos partidos en una proporcionalidad no reflejada en ninguna encuesta de intención de voto, como ocurre en la actualidad. De esta forma, la disconformidad ciudadana se ve truncada. Al mismo tiempo, una enorme cantidad de recursos económicos, salidos de su propio bolsillo, son destinados a intentar que esta ciudadanía crítica vuelva a entrar en el redil. Nuestra labor es comprender que los aparatos políticos son simples herramientas, y si las herramientas no realizan el trabajo como era de esperar, debemos buscar otras más adecuadas.
Ya he reflexionado bastante, o por lo menos lo suficiente como para entender que si a alguien no hay que votar es a los modernos señores feudales que actualmente nos gobiernan.

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Javier Fernández Rojo

Javier Fernández Rojo

A pesar de mis filiaciones políticas pretendo ser un ciudadano librepensador. Militante de Equo Pinto y Ganemos Pinto.

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