Opinión

La República como fin. El republicanismo como medio

Como es bien sabido, se cumplen ahora los 87 años de la segunda llegada del sistema de gobierno republicano a nuestro país. A pesar de ser un poco más duradera que su predecesora, la II República Española duró cinco años sobre todo el territorio y otros tres sobre aquellos territorios que permanecieron bajo su control tras el golpe de Estado de julio del 1936.
Pero es asimismo aquella época del año en la que rememoramos cómo un proyecto esperanzador para un país que salía de una pseudodemocracia primero, y de una dictadura militar que contó con el beneplácito del rey y las grandes fortunas después, acabó fracasando por las luchas partidistas y los proyectos enfrentados, que terminaron convirtiendo la competición por el poder en un constante tira y afloja con la izquierda tratando de implantar reformas y la derecha tratando de frenarlas o sabotearlas. Como expresó acertadamente el periodista contemporáneo Agustín Calvet i Pascual:

“Si de la República han de estar ausentes las derechas, cuando mandan las izquierdas, y luego, cuando son las derechas las que gobiernan, las izquierdas han de enloquecer y lanzarse a la revolución, no habrá, no ha habido todavía, verdadera democracia en España. Como tantas otras cosas, la democracia aquí no es más que un nombre de raíces clásicas y de contenido extranjero”

No fueron las trifulcas partidistas la única causa de su fracaso, desde luego, y sería imprudente despreciar el hecho de que la democracia republicana fue una democracia que estuvo en todo momento vigilada por el ejército, que acabó viendo en el nuevo régimen una amenaza a sus prerrogativas y privilegios.
La II República nació como un intento de igualar a España a nivel legal e institucional con la República Francesa, eterno arquetipo de referencia para la intelectualidad española como modelo de país católico, absolutista y rural que se había convertido al  laicismo, a la democracia representativa y se había industrializado. El destacado sociólogo estadounidense Barrington Moore decía que los orígenes sociales de una democracia o de una dictadura se podían rastrear observando el desarrollo económico temprano de cada país y si este había dado lugar a una “revolución burguesa”, esto es, a un punto en el que la burguesía había sido lo suficientemente fuerte como para desplazar con éxito a la aristocracia tradicional del monopolio del poder y del sistema productivo dominante (de una agricultura latifundista a una economía mercantilista).
Si esta transición era posible, se daría lugar a una alianza tácita entre burguesía y aristocracia cuyo resultado para el país sería el de una democracia representativa (“revolución desde arriba”), como fue el caso de Reino Unido o Francia. Si esta transición no se daba y la burguesía no era capaz de desplazar a la aristocracia del poder, la primera se vería obligada a buscar una forma de cooperar con la segunda en una alianza contra los obreros cuyo resultado para el país sería una dictadura fascista, poniendo como ejemplo el caso de Japón. O bien podría darse el caso de que los obreros acabasen protagonizando un “revolución desde abajo” en la que acabasen desplazando del poder a la burguesía y a la aristocracia, como en China o Rusia. En el caso de España, no sólo la burguesía no fue capaz de desplazar a la aristocracia (debido en gran parte a la tardía industrialización del país, que a su vez conllevaba un movimiento obrero aún débil) sino que se daba una conjunción de múltiples conflictos que se solapaban unos con otros, aunque todos ellos tuviesen como trasfondo la lucha de clases: la cuestión social, la cuestión nacional, la cuestión religiosa, la cuestión militar y la cuestión agraria.
La segunda experiencia republicana vio la luz en un contexto de crisis económica que supuso una dificultad añadida en la construcción de un nuevo sistema político que gozase de una amplia legitimidad. Desde el primer momento, a la naciente república se le acumularon los problemas: el laicismo que consagraba su Constitución no era apoyado por la derecha ni (obviamente) por la Iglesia; se había heredado un ejército
macrocefálico que nunca había estado subsumido al poder civil y que tenía por tradición intervenir en la política nacional; la necesaria reforma agraria se trató de asegurar con la concesión al Estado de la prerrogativa de expropiación de bienes en pro del interés general (elemento también presente en la del 78) que fue percibida como una amenaza tanto para los grandes terratenientes como para los grandes
empresarios, como por ejemplo Juan March; y los recelos a que los nacionalismos periféricos tratasen de aprovechar la autonomía política para escindirse de España, que despertaba los recelos de la derecha y de gran parte de la izquierda marxista.
La 2ª República fue víctima de una falta alarmante de compromiso en la defensa de la res publica, el bien común. Las constantes pulsiones entre unos actores y otros, así como la incapacidad de lograr algo indispensable en una democracia, el acuerdo, llevaron a un escenario de crecientes desagravios y conflictos, que generaron un clima de inestabilidad que tendría como punto culminante y agravio definitivo la rebelión del ejército contra su propio país. Si de algo ha de servir aquella experiencia republicana para el futuro, es la necesidad de que todos los actores políticos y sociales entiendan que la mejor manera de legitimar y apuntalar el sistema republicano es siempre buscar el acuerdo y la creación de un marco institucional en el que todos los actores entiendan como protegidas sus libertades y escuchadas sus demandas.
Me siento profundamente de acuerdo con Clara Campoamor, pues era ella quien defendía aquella frase de “República, república siempre, la forma de gobierno más conforme con la evolución natural de los pueblos”, pero mi mayor anhelo no es la llegada de una república en sí misma, sino que logremos demostrar que somos capaces de defenderla entre todos.

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Rubén García Heras

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