Opinión

La Universidad entra en Política

Escribo estas líneas después de haber leído el artículo de Adela Cortina, Catedrática de ética y filosofía política en la Universidad de Valencia, que con el título “El deterioro de la Universidad” ha publicado El País el pasado día siete de marzo. Cuando escucho a Cortina, en otros textos, hablar de la “ética discursiva”, “inscrita en el proyecto de la modernidad crítica”, me quedo con el amargor de boca que me produce la falta de ética en el terreno político, sin discurso que sea atendido, como quien da voces entre el ruido de un casino donde todo se juega, y las que pega el vendedor de baratijas en tiempo electoral: Después de que nos ha dejado vacíos los bolsillos y los derechos, tiene el desparpajo de poner su manta en los medios afines, tocar la turuta, y anunciarnos lo que ahora nos quiere hacer. ¡Bien por Cortina! La Modernidad es generadora de progreso para toda la sociedad, a partir de lo que fueron sus tres revoluciones básicas: la del pensamiento emancipado de la clericalla; la que luego se empeñó en producir cambios en la sociedad; y la que más tarde lo llevó a cabo en el terreno científico, tecnológico e industrial. El motor está en la idea socialmente comprometida, creadora de progreso y prosperidad, y la Universidad es su “par” de arranque. La peor agresión que se puede hacer a una sociedad es volver mediocres sus estudios universitarios, al tiempo que se atenta contra su sanidad, y se precariza el trabajo. Tres frentes de ataque que hacen escombros de todo aquello que generaciones levantaron. Frente a eso, la Universidad toma la palabra.

En esa circunstancia hay que atender a la figura histórica de don Francisco Giner de los Ríos y de su obra en la Institución Libre de Enseñanza. Aquel “santo laico”, que dijo Ortega, falleció el 18 de febrero de 1915 en aquella Casa. Aquellos institucionalistas estuvieron bajo el influjo de Krause y cultivaron la herencia de su introductor en España, D. Julián Sanz del Río. Pretendieron impulsar el progreso de España a través de la educación, en el ámbito universitario primero, y en escolar después. Tuvieron que superar la dos Cuestiones Universitarias, en las que no entraré. Sólo debo indicar que aquel impulso regenerador, que comenzó con Costa y terminó con Manuel B. Cossío, con su larguísima nómina de personas e instituciones ilustres, pretendía, en palabras de Giner, “la formación del hombre completo”. Para ello pretendían conseguir del alumno la “colaboración en la obra del maestro” donde “la cátedra es un taller, el maestro un guía en el trabajo, los discípulos una familia; el vínculo exterior se convierte en ético é interno; la pequeña sociedad y la grande respiran un mismo ambiente”. Pestalozi y Fröbel eran su inspiración.

Lo ha dejado escrito Montserrat Gomendio, flamante secretaria de estado de Educación, F.P. y Universidades, el 30 de mayo de 2014: “El modelo educativo define el modelo de país a que se aspira. La formación de los jóvenes determina qué tipo de empleos pueden aspirar a ocupar o crear, y les habilita para convertirse en motores de una economía basada en el conocimiento y en la innovación. A través de la educación los jóvenes aprenden a asumir su propia responsabilidad, a afrontar las dificultades y a plantearse retos ambiciosos. Se desarrollan como personas con espíritu crítico, capaces de hacer planteamientos racionales y originales, inmunes a las propuestas viscerales que amenazan los cimentos de sociedades democráticas que se enfrentan a graves crisis. España podrá aspirar a convertirse en un país de primera línea, donde el desempleo juvenil pase a ser un mal recuerdo, sólo si apuesta de forma decidida por la transformación de su modelo educativo”.

Como diría Rajoy, “fin de la cita”. Resultaría impecable de no ser por su final, cuando apela a la transformación del modelo educativo, un nuevo modelo que introduce la religión católica y el rezo en las aulas, con carácter evaluable, y la licenciatura en tres cursos, y si quiere usted tener un conocimiento equivalente a la carrera de cinco años, rásquese el bolsillo, engorde las cuentas de la universidades privadas, si es que puede, entre ellas el Instituto Atlántico  de Gobierno del Sr. Aznar. Bonita manera esta de diseñar un futuro de país y conmemorar el primer centenario de Giner de los Ríos.

En aquel entonces, los institucionalistas pretendían la independencia del Estado, cuando era el Estado quien infeccionaba de confesionalidad y decadencia el sistema educativo, becando a los pudientes que luego, colocados como funcionarios, contribuían a perpetuar “la inmovilidad del sistema y el bajo nivel de las enseñanzas, rutinarias, anacrónicas e insuficientes”.

Aquellos institucionalistas se enfrentaban a una caspa instalada en el poder y a un analfabetismo rampante en la sociedad. Eran Rectores, Decanos, Profesores universitarios. Exigían libertad de enseñanza frente al espíritu dogmático que apolillaba el pensamiento. Querían que España ocupara el lugar que merecía en el concierto de las naciones que marcaban entonces los rumbos de Europa.

Aguantaron, mientras pudieron, las que Giner llama “llamaradas jacobinas del partido moderado”, expresión que pudiera parecer una contradicción entre los términos jacobino y moderado, de no incurrir los moderados en ella: el sable de Narváez, y los decretazos de Orovio, eran un golpe de furia jacobina al progreso de la historia asestado por los “moderados”. Aquellos de la ILE  pretendían la construcción armónica del individuo, la familia, la sociedad, la política, el Estado, porque sólo una persona formada podía contribuir positivamente a la convivencia armónica donde todos caben y contribuyen a ello.

Aquellos tuvieron que hacer política con arreglo a su “ideal de la humanidad para la vida”, tomando yo el título prestado a Krause. Lo hicieron con Castelar, Salmerón o Canalejas; lo volvieron a hacer en la Primera República, y en la revolución de 1868, y en la Restauración cuando, expulsados de la Universidad y encarcelados, fundaron la Institución Libre de Enseñanza. Padecieron su estrangulamiento, hasta su disolución por decreto de 17 de mayo de 1940, no sin antes haber sufrido el asalto a sus locales, la destrucción de su biblioteca y  de sus laboratorios. Al fin y al cabo ya se sabe que algunos moderados dejan de serlo cuando tienen el sable del poder en la mano y tocan a degüello.

Hoy, quienes nos identificamos con lo que la ILE supuso para España, nos sentimos como Ulises entre las piedras movientes, Scila y de Caribdis, en medio de un canal estrecho por donde tenemos que pasar, amenazados por las dos orillas y un mar arbolado. Porque, si de un lado está el “moderantismo” de Rajoy, del otro me topo con PODEMOS.

Créanme que cuando éstos últimos salieron a la palestra, surgidos de la Universidad y herederos del 15 M, dije para mí: ¡Qué bien!, otra vez la Universidad hace política y pone a funcionar las ideas críticas para producir cambios y sentido en la sociedad. Todo para el pueblo y con el pueblo. Pronto consiguieron que las expectativas se me cayeran a los pies, porque jamás las ideas pueden convertirse en demagogia. Si tienen que abrir alternativas, tienen, sí, que esclarecer lo que pasa, pero luego dejar muy claro a dónde, cómo y por dónde se quiere ir. Resulta fácil halagar el oído, movilizar el cabreo nacional, ponerse en primera fila, pero una vez conseguida la atención, hay que decir  por dónde se va.

Y uno, que también tuvo que estudiar sociología, se topo con algo que no casaba: los pueblos se constituyen con todo lo que ha constituido su pasado, y no cambian alegremente de dirección, pero cuando se les toca las narices, echan mano a lo que más les singulariza y son difíciles de parar; los públicos son circunstanciales, reunidos por intereses cambiantes, son fáciles de mover cuando se apela a lo que les interesa en un momento dado; en un extremo está la agitación que suponen las turbas que actúan visceralmente, arrastrando a las masas, aquellas de que hablara Ortega y Gasset. Los que querían ponerlo todo patas arriba, comenzar de nuevo la historia y tomar el cielo por asalto, me parecían estar dándole a la piqueta bajo nuestros pies, cavando acantilados y no construyendo sendas, caminos, carreteras, autopistas hacia el futuro. Ellos, sin mapa, con la demolición como norte, me dieron la impresión de hurgar en la herida sin tener tratamiento de cura. Yo coincidía en el diagnóstico de la etiología, pero me parecía estar ante un carnicero que pretendía ser cirujano, y así no. “No es eso, no es eso”, como dijo también Ortega.

Ahora vuelvo a saludar esperanzado la presencia de la Universidad en la gestión política con Ángel Gabilondo y Antonio Miguel Carmona, donde la metafísica y la economía, la elevación del conocimiento y su practicidad, van de la mano. Nada tiene que temer la sociedad del conocimiento cuando este no se supedita a los intereses parciales, sino que busca y cuida de los intereses mayoritarios. Admirable la respuesta de Gabilondo sobre las líneas rojas, porque él, que no es militante, sabe muy bien con aquellos con los que se identifica y de quiénes se diferencia. Estupenda la conducta de Carmona dando la cara en todos los distritos de Madrid. Hoy le he podido escuchar en Pº Castellana, 304. De ovación y vuelta al ruedo cuando ambos abren las listas del PSOE a personas que sin ser militantes del PSOE sean afines. Eso se llama apertura a la sociedad, integración de saberes y voluntades, única manera de salir de este pozo donde nos han tirado. La universidad, como cultivo de la universalidad, toma partido por aquellos que más padecen. Estamos ante un movimiento integrador que no desprecia recursos, y traza rumbos. Va entre Scila y Caribdis, las rocas movientes, entre los conservadores de su prosperidad y de la miseria que han creado para favorecer a unos pocos que les respondan con favores, y una demagogia que halaga sin salidas.

Ojalá que esa apertura, esa capacidad de integración y de diálogo, aún con los propios, la pudiera ver en el PSOE de Pinto.

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Ángel Martínez Samperio

Ángel Martínez Samperio

Técnico Superior en Relaciones Públicas; Licenciado en Ciencias de la Información, rama publicidad y relaciones públicas; diplomado en Marketing Management; diplomado Product Manager; diplomado en imagen corporativa; acreditado como experto colaborador del antiguo S.E.A.F P.P.O, luego INEM, y Licenciado en Teología.

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