Opinión

La utópica Suiza

Nuestra democracia está evolucionando. Es cierto que aún no hemos podido alcanzar los grandes cambios estructurales que España necesita, pero la sociedad ha pegado un giro radical. Son cada vez más los vecinos que piden conocer a qué partidas va destinado su dinero, que se dirigen a su ayuntamiento a presentar solicitudes para mejorar su municipio o que participan en organizaciones para conseguir unos objetivos. Por supuesto, cada vez son más numerosas las instituciones que ponen en marcha presupuestos participativos, asambleas vecinales o plenos en los que todos podamos poner de nuestra parte. Cada vez son más las personas que miran con envidia hacia aquellos países que nos muestra la televisión en los que los mecanismos democráticos son más avanzados que los nuestros. Sin duda, este cambio en la perspectiva de la ciudadanía implicará en breve un cambio político en nuestro país, cada día más urgente.

No obstante, sí me gustaría hablar de lo que ha ocurrido este domingo pasado en Suiza y que es un ejemplo de que estos avances, tan necesarios, deben tener unos límites que no existen en otros sitios. Me explico: sabemos que Suiza somete a referéndum una gran variedad de propuestas y, ayer, se votó sobre una en particular que no salió mucho en los medios, pero que, de haberse aprobado, hubiera sido un atropello. Se votaba, entre otras cosas, una letra pequeña: eliminación o no del matrimonio igualitario, mediante la definición del matrimonio como una unión entre hombre y mujer. Y es que en una democracia no se puede votar sobre todo, ni vía referéndum ni vía parlamentaria, porque una democracia se basa en unos derechos y en unas libertades que deben ser respetados. Parece contradictorio, pero no lo es: en una democracia no podemos votar cualquier cosa. No podemos votar, por ejemplo, si retomamos o no el derecho de pernada (pues es un ataque a la libertad de la mujer), si reservamos asientos en el bus “solo para blancos” o, como es el caso, si una persona por ser homosexual puede tener menos derechos que un heterosexual. En definitiva, no podemos quitar derechos a ningún colectivo por circunstancias que escapan al control del mismo: nosotros no elegimos, para bien o para mal, a la persona a la que amamos. No podemos eliminarlos porque en el mismo momento en el que un ciudadano tiene derecho a hacer algo que otro no tiene, no estamos hablando de un derecho, sino de un privilegio. Y estaremos de acuerdo en que no hay nada más antidemocrático que los privilegios, que el hecho de no ser iguales ante la ley.

Volviendo al caso suizo, el resultado del referéndum fue el siguiente:

grafico bermad

El colectivo LGBTI+ suizo tuvo la “suerte” de que la cantidad de gente que se opuso a la derogación del matrimonio igualitario fuera superior tan solo un 1,6% frente a los que apoyaban la propuesta. La participación rondó el 63%. Pero ahora, por un momento, imaginemos que hubiera sido del revés, que el matrimonio igualitario se hubiera derogado por una diferencia del 1,6% y con esa misma participación… ¿Qué derecho tiene algo más del 30% de los habitantes de un país a marginar, a impedir que un colectivo tenga los mismos derechos que el resto? Imagino a aquellos que quieren eliminar el matrimonio igualitario. No sé, francamente, qué les molestara que una pareja de, por ejemplo, lesbianas pueda acudir a un ayuntamiento a darse el sí quiero. ¿Empeora el paro? ¿Hay más corrupción? ¿Va a impedir dormir bien por las noches? Lo cierto es que al resto poco le importa si se casan o no dos personas que se aman libremente.

Como conclusión, si en algo se diferencia la democracia de cualquier otro sistema es que es más frágil y que, por lo tanto, hay que poner mucho énfasis a la hora de defenderla. Hay que defenderla de aquellos que no creen en ella. Defenderla de aquellos que usan la democracia para penetrar en ella y romperla desde dentro. Defenderla de aquellos que la usan para darse más privilegios mediante la discriminación a un colectivo. Defenderla, por encima de todo, de aquellos que piensan que pueden amoldar un país entero, eliminando la heterogeneidad que hace posible la democracia. Nunca hay que olvidarlo.

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Javier Bedmar

Javier Bedmar

Nací en el 94. Progresista, europeísta y católico. Ingeniero de materiales.
No dejemos nada por imposible y no dejemos de sonreír.

3 Comentarios

  1. Pedro
    2 marzo, 2016 at 9:00 am — Responder

    Tuve la oportunidad de ver a este chico en la presentación de candidatos de su partido en las municipales pasadas. Dio un discurso muy potente y llegó a mucha gente. Veo que no decepciona por escrito tampoco. Estoy muy de acuerdo con lo que ha dicho.

  2. Peter
    1 marzo, 2016 at 8:45 am — Responder

    Enhorabuena por el artículo. Solo un detalle: la democracia no es que solo haya que defenderla, sino que es un obstáculo para muchas concepciones de libertad. Cualquier tipo de libertad está subrogada a lo que se decida en votación por mayoría, desde la libertad religiosa, sexualidad o cualquier fin que se tenga por objetivo en la vida. La democracia no es un sistema que garantice la libertad en sí misma. En todo caso, el sistema que minimiza esa intromisión en las libertades, y sellada para ser modificada por un elevado porcentaje del arco parlamentario, sería la constitución.

    abrazo.

  3. Rocio
    29 febrero, 2016 at 10:21 am — Responder

    Que bueno! Mi enhorabuena a defenderla!

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