Opinión

Librar batalla

De todas las frases tristes que ayer escuché, las que peor me sentaron fueron aquellas que declaraban con rotundidad “he perdido la fe en el ser humano” y “he perdido la fe en la democracia”. Y es esperable esa reacción cuando, al echar un simple vistazo a lo ocurrido, son hombres y mujeres libres los que han aupado mediante el instrumento de la democracia a un xenófobo, a un machista, a un populista… A un protofascista, como bien dice mi compañero Txetxu Rivera. Y es que, amigos, los que conocemos la democracia somos conscientes de sus defectos y el más cruel de ellos es que gente que no cree en ella puede usarla para destrozarla desde dentro. Es así de fácil de derribar el sistema que mejor nos ha hecho a las personas.

Quizás se me pueda tachar de alarmista, pero es la cruda verdad: No se le puede confiar el Gobierno de nada a personas que odian lo diferente, que quieren imponer su criterio, que odian a los que tienen un origen que no es el suyo, una identidad que no es la suya, un género que no es el suyo… No podemos confiar el Gobierno a esa gente porque la democracia se basa en que las diferencias de cada individuo enriquecen como colectivo y en que todos tenemos los mismos derechos, libertades y, por supuesto, obligaciones. Y la gente como Trump no cree en esa igualdad que tenemos todos los ciudadanos a nivel político por vivir en democracia, sino en la igualdad basada en la homogeneización de un país entero, aplastando las diferencias que son molestas por meros prejuicios.

Sé que muchos diréis lo que tanto se ha dicho esta última temporada: Hillary Clinton tampoco es una santa. Y es verdad que no lo es. En mi opinión, los demócratas perdieron la oportunidad de derrotar a Trump con una alternativa limpia y progresista de verdad al rechazar a Sanders como candidato, pero eso no impide que podamos distinguir. Elegir entre Clinton y Trump es como elegir entre un bofetón de esos que pican en la cara y dejan marca o una patada en las gónadas: ambos golpes son duros de encajar, pero los que hayamos sufrido los dos tenemos claro qué preferimos.

Y es terrible para la democracia (palabra que, como veis, es preciso repetir una y otra vez) que los ciudadanos tengan que elegir entre lo malo y lo peor. Los que ya me conocéis, sabéis que uso este símil muchas veces: la democracia funciona igual que una bicicleta. Si dejamos de pedalear podemos recorrer algunos metros más gracias al impulso, pero tarde o temprano habrá que pedalear para poder mantenerse en pie y si no lo hacemos nos pararemos y perderemos el equilibrio. Y es que nuestro sistema debe ser visto como algo igual: si queremos protegerlo hay que progresar, evolucionarlo, sin miedo a asumir los cambios que ya se han dado en la sociedad (multiculturalidad, diferentes roles, ansia de participación ciudadana, de mejorar la representatividad, etc). Si nos enrocamos y nos volvemos conservadores mataremos al pájaro que intentamos proteger con nuestras manos asfixiándole de la fuerza que ejercemos. Y, al ir contra la corriente de esos cambios que la sociedad ya ha asumido, llegarán populistas que no creen en la democracia para derribar esa bici o para ayudar a acabar con el pobre pajarillo. Es el caso de Trump, de Grillo, de Le Pen, de Farage, de Amanecer Dorado, del Gobierno húngaro… Están en todas partes, esperando su momento para acabar con todo lo que nos hace verdaderamente humanos: la igualdad, la libertad, los derechos, la democracia.

Pero, ¿y ahora qué? Ahora toca que, los que verdaderamente creemos en todas esas cosas que merecemos por el simple hecho de ser personas, plantemos cara y libremos batalla. Y jugando, por supuesto, en casa, mediante los elementos democráticos. Toca demostrar que, si bien nuestro sistema puede y necesita mejorar, lo que tenemos ahora es mejor que cualquier nuevo orden que proclaman los que quieren acabar con la riqueza que tenemos hoy en día. A los que han perdido la fe en la humanidad y en la política les digo que no parece casual que la victoria de Trump coincida con el 27 aniversario del derribo (que no caída) del muro de Berlín. Que ante lo que hoy ocurre en los Estados Unidos de América, que un racista que promueve el odio pretende levantar un muro, nosotros, los europeos, sabemos derribarlos.

No dejemos que los logros del pasado se desvanezcan, no permitamos que acaben con todo lo que nosotros hemos conseguido: los valores de la libertad, la igualdad y la solidaridad siguen vigentes, siguen firmes y no vamos a dar ni un paso atrás en su defensa. Frente a la derrota vivida ayer, nosotros aún podemos seguir dando ejemplo y, claro, lo vamos a hacer. Es momento de salir a la calle, de convencer a la gente de que hay una opción más además de dejar de pedalear y tirar la bici, de que hay que seguir el camino, de que hay que avanzar. Es momento de que todos los demócratas nos unamos y denunciemos públicamente a la gente como Trump por jugar con las ilusiones de los débiles: que el medio ambiente debe ser una prioridad, que todos podemos vivir en paz, que la culpa de que no haya trabajo no es de los inmigrantes, que un homosexual es tan humano como un heterosexual, que una mujer merece tener los mismos derechos que un hombre… No es momento de perder la fe, es momento de mantenerla y luchar por todo lo que aún no se ha perdido, que es mucho. Convenceremos y venceremos, porque siempre nos hemos crecido en los momentos difíciles, porque siempre hemos sabido ser un ejemplo.

Y venceremos como siempre lo hemos hecho, con la misma arma que los populistas usan para romperla, con el arma que nosotros queremos salvar: la democracia.

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Javier Bedmar

Javier Bedmar

Nací en el 94. Progresista, europeísta y católico. Ingeniero de materiales.
No dejemos nada por imposible y no dejemos de sonreír.

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