Opinión

Las oscuras falacias de la libertad de expresión

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La libertad de expresión es algo a lo que se hace alusión de manera recurrente, pero muy pocas veces el debate es todo lo profundo que debería. Indudablemente, el pensamiento que aquí expongo es ampliamente compartido en la sociedad, pero muy poca gente se atreve a hablar de ello. Se tiende a adorar la libertad de expresión de manera irracional, pero lo cierto es que es un asunto con zonas oscuras.

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En primer lugar, la libertad de expresión no es una libertad de expresarse unidireccionalmente.  Llevo tiempo reflexionando sobre este asunto, y pensando en escribir unas líneas sobre ello. Lo que finalmente me ha empujado a hacerlo es una conversación con Fernando Oliver, concejal del Ayuntamiento de Pinto por Ciudadanos. La conversación comienza con un comentario suyo en un artículo de opinión de otra persona, dentro del cual dedicaba un párrafo a atacar al equipo de Gobierno de Ganemos Pinto con afirmaciones falsas y una ausencia absoluta de fundamento. Tú, lector, estarás pensando algo así como “oh, Javi, qué gran noticia, te agradezco que me ilumines descubriéndome ese hecho enteramente desconocido por todos”.

Esto ocurre a diario, no es nada sorprendente, lo sé. Pero lo relevante viene a partir de mi contestación, que evidentemente consistió en decirle que ese párrafo está de más, puesto que ya se le ha explicado que es incierto. Pero para él no sobra, claro que no sobra, porque ahí queda su posverdad, que ignora los hechos y sigue haciendo daño después de muerta, porque puede seguir siendo leída. Su única respuesta a mi comentario fue insinuar que estoy coartando su libertad de expresión, decir “que hasta él puede opinar” y no solamente los que piensan como yo. Pues no, señor. Tengo todo el derecho del mundo a criticar las palabras que yo quiera, y más aún a corregir algo si conozco la realidad. Eso no es actuar en contra de la libertad de expresión de nadie, eso es un comentario que incomoda porque desacredita a aquél al que contesta. Entiendo la incomodidad, pero lo siento, amigo, si tus argumentos no se sostienen, no mates al mensajero que viene y te lo advierte.

En segundo lugar, y más allá de la anécdota con Oliver, la libertad de expresión ampara al ser humano para decir lo que quiera, pero no para asegurar que lo que se dice es correcto. Esta confusión es casi tan sorprendentemente común, como preocupante. Una de las respuestas más habituales –curiosamente por parte de los simpatizantes de la derecha política en la mayoría de casos– a una contestación en un debate es “pues esta es mi opinión” seguido de algo así como “y tengo derecho a expresarla”. ¡Enhorabuena, colega! Pero si se te dice que lo que dices es mentira y que los hechos son otros, tu opinión carece de valor, es una mera interpretación errónea. Tu libertad de expresión no es un certificado de veracidad, ni nada por el estilo. Lo siento.

En definitiva, querido lector, claro que te ampara la libertad de expresión a la hora de realizar un comentario, pero no es argumento alguno que esgrimir contra las críticas. Si se afirma que está mal decir algo por su contenido, no por el hecho de decirlo, la libertad de expresión no tiene absolutamente nada que ver. La libertad de expresión es vital, pero no es ningún dios ni una suerte de comodín que utilizar para falsear a placer y dañar la reputación de tus contrincantes. El derecho a opinar es valioso en sí mismo, el hecho de poder hacerlo, pero la opinión no. La opinión no es valiosa per se, hay opiniones valiosas y opiniones desechables. Opinar que un perro es verde, cuando en realidad es de color negro, es una opinión incorrecta y desechable.

Por último, merece la pena que comente brevemente aquí algo sobre la reciente polémica del comunicado de la APM y Podemos. Un bonus track, que sirve también como ejemplo práctico de la idea que he desarrollado en este artículo. Lo último que se sabe sobre la polémica es que la APM ha matizado sus palabras, diciendo ahora que los miembros de Podemos no son los que supuestamente les han “acosado y presionado” (Público, 10/03/2017: Un vocal de la APM: “No son los dirigentes de Podemos los que atacan y amenazan”). Hablan de un “ejército en Internet” que según ellos simpatiza con Podemos en algunos casos. Cualquiera de los que manejamos un poco las redes sociales, podemos imaginarnos de qué se trata; desde luego, no es ningún ejército. No es ningún grupo organizado, ni disciplinado, únicamente son muchos usuarios descontentos.

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Y es normal que la gente actúe como actúa, indignada ante un “periodismo” pobre de los valores que deberían inspirarlo, saturado de mentiras y manipulaciones en demasiados casos. Y no, la respuesta a esa gente no es acusarles de acosadores y enemigos de la libertad de expresión. Es gente harta de que se rían en su cara y hacen uso de su libertad de expresión para denunciar los atropellos que muchos medios de comunicación realizan a diario. No podemos negar que otros muchos periodistas, muchísimos, son tan loables como se presume que deberían ser, o más. Pero no se pueden pasar por alto las atrocidades que no pocos “profesionales” cometen. Les atribuyo el calificativo de “atrocidad” porque es un asunto especialmente trascendente. Los medios de comunicación deben tener una escrupulosa responsabilidad, dada la presunción de veracidad generalizada que suelen tener y su gran capacidad de movimiento de masas.

Nos gusta la libertad de expresión, es buena, es necesaria, pero no debemos adorarla. Como todos los demás derechos y libertades fundamentales tiene sus zonas oscuras y colisiones con otros derechos. Tenemos que saber ponderarlo de manera racional.

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